Cuaderno de Calma

Cómo superar el miedo al juicio ajeno en el entorno laboral

Tengo la libreta abierta sobre la mesa de la cocina y el boli parado sobre la misma frase que llevo tachando desde hace un rato: cómo plantear mañana en la sala de profesores que el apoyo de mi curso necesita otro horario, sin que suene a que no sé organizarme. Detrás de ese tachón hay algo que llevo tiempo estudiando en mis cuadernos de entrenamiento mental, porque esta ansiedad laboral que se me dispara antes de hablar en el cole no tiene tanto que ver con el carácter como yo pensaba.

Durante mucho tiempo di por bueno un mito que seguro que os suena: que si te preocupa demasiado lo que piensan tus compañeros es que te falta autoridad, o que eres de las que se dejan pisar. En el curso de vencer la inseguridad, que es de donde saco buena parte de estos apuntes, la profesora lo planteaba de otra manera, y a mí me costó bastante tragármelo.

El miedo a que te juzguen no es cuestión de carácter

Lo que explicaban es que nuestro cerebro sobreestima muchísimo cuánto nos están mirando de verdad los demás, algo que en el curso llamaban Efecto Foco. Mientras yo ensayaba mentalmente cada palabra, mis compañeros solían estar demasiado liados con sus propias dudas y sus propios líos de clase como para diseccionar las mías. Según la profesora, ese engaño existe porque a nuestro cerebro le sale más barato mantenernos alerta por si acaso, como si estuviéramos ante un peligro real, que arriesgarse a bajar la guardia.

Recuerdo estar en el pasillo esperando a que una madre terminara de hablar con otra maestra, convencida de que en cualquier momento me iba a preguntar por qué mi manera de enseñar a leer era tan distinta a la de antes. No dijo nada parecido. Ahí entendí que buena parte de ese juicio que tanto temo me lo estoy inventando yo sola, aunque en el pecho se sienta clavado como si fuera verdad.

Cuaderno con anotaciones sobre el Efecto Foco, ejemplo de entrenamiento mental contra la ansiedad laboral

Por qué ensayar cada frase te sale caro

Ahí se me despertó la vena de maestra, porque lo que venía después explicaba también por qué me cuesta tanto rendir bien cuando estoy asustada. Intentar caer bien a todo el mundo mantiene el sistema de alerta encendido todo el rato, y con la alerta encendida hay menos memoria de trabajo disponible para lo que de verdad importa: explicar bien una actividad, seguir el hilo de una reunión, acordarte de lo que ibas a decir (aquí me pongo un poco pesada explicando el mecanismo, deformación profesional, supongo). Es la misma sala de máquinas sobre la que escribo cuando hablo de cómo la ansiedad le roba sitio a la concentración, solo que aquí el gatillo es la opinión ajena en vez de un examen o una clase difícil.

El cuerpo lo nota antes que la cabeza: se me aprieta el esternón, la mandíbula se me tensa, y esa sensación física es otra pista que en algún cuaderno relaciono con cómo se nota en el cuerpo el estrés laboral de quien da clase. Probé una temporada con tutoriales de meditación guiada de YouTube, caminando por el Parque del Tío Jorge después de alguna jornada especialmente tensa, y aunque me ayudaba a bajar pulsaciones, no tocaba el problema real: en cuanto volvía a tener que hablar delante de alguien que podía juzgarme, el nudo estaba otra vez ahí. Aprendí que calmarme y entender por qué me pasaba esto eran dos cosas bastante distintas.

De hecho, escribí aparte sobre algunas claves para superar el miedo a cometer errores en el trabajo por ansiedad, y tiene mucho que ver con este mismo mecanismo: te quedas callada por si acaso, y esa misma prudencia acaba jugando en tu contra delante del resto del claustro.

La vulnerabilidad que sí funciona en la sala de profesores

En el último claustro antes de las vacaciones me tocó probar esto en directo. En vez de darle vueltas media hora a la frase perfecta, busqué la frase útil, la que decía lo que hacía falta aunque sonara torpe: levanté la mano y admití que no controlaba una de las plataformas digitales que nos querían imponer, algo que llevaba semanas disimulando por vergüenza. Varios compañeros soltaron un suspiro de alivio en lugar de mirarme raro, como si mi torpeza les hubiera dado permiso para reconocer la suya. Meritxell, que da clase de música en mi cole, me paró después en el pasillo para preguntarme qué había cambiado, porque a ella le gusta entender el mecanismo antes de probar nada.

También me sirvió cambiar el foco: en vez de pensar en cómo quedaba yo, pensé en qué necesitaba escuchar el resto del claustro en ese momento. En el curso lo llamaban algo así como vulnerabilidad valiente, la idea de que nada genera más confianza que alguien que no finge saberlo todo. Lo que todavía no tengo claro es si esto funciona igual de bien fuera de un cole, donde a lo mejor no hay tanta costumbre de admitir que algo se te resiste.

Mano de maestra escribiendo en una agenda escolar durante una pausa, apuntes sobre cómo vencer la inseguridad en el trabajo

El sitio donde más se nota este miedo sigue siendo el patio en el recreo, con tanto ruido y tanta gente alrededor que si un compañero me suelta una pregunta rápida se me traba la respuesta un segundo antes de reaccionar. Si a algunos os pasa algo parecido, tengo aparte unas notas sobre cómo manejar la ansiedad en lugares con mucha gente durante el recreo, porque el entorno físico pesa más de lo que parece en cómo interpretamos una mirada.

Confundir ansiedad laboral con falta de memoria es el verdadero error

Hace poco me escribió una lectora desde Asturias, Covadonga Riesgo, contando que llevaba meses convencida de que se le estaba estropeando la memoria en el trabajo, con esa sensación de niebla constante en la cabeza. Le costó relacionarlo con la ansiedad hasta que leyó una entrada de este cuaderno, y me confesó que desconfía bastante de las soluciones rápidas que prometen arreglarte la cabeza en un par de días. Le contesté lo mismo que me digo yo: ese ruido de fondo casi nunca es un fallo de memoria, es la energía que la cabeza gasta vigilando si alguien te está juzgando, y esa vigilancia no deja sitio para retener lo que sí importa.

Desde que hago esta distinción me resulta más fácil no flagelarme: si la niebla en la cabeza aparece sobre todo delante de gente y se aclara en cuanto me quedo sola con la tarea, para mí es una señal de que el problema es el miedo al juicio y no un fallo de memoria de verdad. Y si aparece igual estando sola, ahí prefiero no quedarme con mi propia interpretación y buscar a alguien que sepa mirarlo de cerca, sobre todo si hay medicación o un diagnóstico de por medio.

Hace un par de semanas, corrigiendo exámenes en la mesa de la cocina con la taza ya fría al lado, me di cuenta de que llevaba cuatro páginas seguidas sin que se me colara ni un solo pensamiento sobre qué pensaría de mi letra o de mis correcciones la compañera nueva de nivel. Fue una señal pequeña, pero para mí importante: cuando el miedo al juicio baja, la cabeza tiene sitio para seguir el hilo de lo que está haciendo. Tengo aparte unos apuntes sobre cómo evitar perder el hilo al hablar por falta de concentración, que ahora leo con otros ojos sabiendo que detrás muchas veces hay este mismo miedo.

Con todo esto no quiero decir que el miedo al juicio desaparezca del todo, ni que baste con repetirse un par de frases bonitas antes de entrar a una reunión. Sigo teniendo días en los que la inseguridad vuelve con la misma fuerza de siempre, y ahí es donde más me cuesta aplicar lo que anoto en la libreta. Si notas que este miedo te bloquea de verdad en el trabajo, o si ya tienes un diagnóstico o tomas medicación para la ansiedad, esto que escribo no sustituye hablarlo con quien te lleve el caso: son solo los apuntes de una maestra que estudia por su cuenta, no una guía cerrada.

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