
El Mercado Central de Zaragoza y el patio del recreo comparten el mismo muro de ruido y gente moviéndose sin parar, pero solo uno de los dos consigo cruzar tranquila. Entre los puestos de pescado y verdura me abro paso sin problema, cola incluida; en el patio, media hora vigilando columpios me deja con la cabeza dispersa y el estómago encogido. Llevar el cuaderno me ha servido para entender esa diferencia, algo que me parece más útil para la salud mental en la escuela que aguantar sin más, que es lo que toda la vida se ha hecho con la ansiedad de las maestras.
Antes de seguir, una aclaración rápida: algunos enlaces de esta entrada llevan etiqueta de afiliada. Si acabáis matriculándoos en un curso desde alguno de ellos, Hotmart me pasa una comisión pequeña y a vosotros no os sube el precio ni un céntimo. Aquí solo dejo apuntado lo que yo misma he cursado; si algo no lo terminé o no me convenció, directamente no aparece.
22 de marzo de 2026
¿Por qué el recreo me altera más que dar clase?
Antes de ponerme a estudiar esto por mi cuenta, pensaba que simplemente se me estaba acabando la paciencia, que ya no valía para el aula. Me sentía fatal, porque se supone que los niños me encantan y para eso elegí ser maestra. Pero llegaba el recreo y me entraba una angustia que no sabía de dónde venía. En el curso de Reset Mental, que es de donde saqué buena parte de estos apuntes, lo plantean como una respuesta del cuerpo ante demasiado estímulo junto, no como falta de vocación.
Una amiga sale todos los domingos a fotografiar el casco histórico, cámara en mano entre la gente, y verla tan tranquila en medio de ese jaleo me hacía preguntarme por qué a mí un patio de colegio me descolocaba tanto. En el curso lo explicaban así: cuando hay mucho ruido y mucho movimiento visual a la vez, el cuerpo entra en un estado de sobrecarga y cuesta muchísimo pensar con calma, aunque en el momento no sepas ponerle nombre a lo que te pasa.

Lo que el cuerpo hace cuando el patio se llena de ruido
Lo que no pillaba al principio es por qué me costaba tanto tomar decisiones rápidas en el patio, como cuando dos niños se pelean por un balón y hay que actuar ya. El cuerpo manda señales físicas muy concretas antes de que la cabeza se entere de lo que pasa, aunque esa parte la tengo desarrollada aparte en otra entrada del cuaderno; aquí me quedo con que, cuando llegan esas señales, cuesta razonar con la misma calma de un día tranquilo en clase.
Me pasaba el rato haciendo un mapa mental de posibles líos: la zona de los columpios, el grupo que siempre corre más de la cuenta, el rincón donde se junta gente sin que se les vea bien. Esa vigilancia constante agota, y ahí es donde entra lo que un curso llamaba memoria de trabajo: cuanta más energía gastas vigilando, menos te queda para lo siguiente que tienes que hacer, como preparar la clase de después del recreo.
Si alguna vez os habéis quedado sin poder pensar después de clase, tengo aparte una entrada sobre qué hacer para eliminar la niebla mental después de clase, porque a mí me pasaba justo eso después de las guardias de patio.
Probé hablar con la orientadora del centro y no fue lo que esperaba
Una vez, después de una guardia especialmente movida, fui a hablar con la orientadora del centro sobre lo mal que llevaba el recreo. Pensé que me daría algo concreto para ese rato del patio, pero la charla se quedó en consejos generales sobre control del estrés en el trabajo, nada pensado para ese momento exacto de ruido y multitud. No digo que no sirviera para nada, pero no era lo que yo necesitaba entonces, y ahí entendí que tenía que buscar por mi cuenta algo más específico para ese rato en concreto. Si a alguien esto le suena a algo más que cansancio de docente, o toma medicación, mejor hablarlo directamente con un profesional de salud mental, que para eso están.
Fue después, repasando lo que tenía apuntado del curso de Reset Mental, cuando encontré algo que encajaba mejor con ese momento exacto: un micro-hábito de tres minutos justo antes de salir, nada de técnicas largas. Ahora, entre que dejo la tiza y salgo al jaleo, toco la barandilla de hierro de la escalera y me recuerdo que ese ruido es solo ruido, no una amenaza; parece una tontería, pero al sistema nervioso le basta con eso para no saltar a la primera de cambio.

Aquella tarde de lluvia, mirando el patio vacío desde la ventana de clase, lo escribí en el cuaderno para no olvidarlo.
Bienestar docente: por qué no basta con aguantar el recreo
A veces nos culpamos de la propia ansiedad sin mirar el entorno donde pasa. Hay normativas sobre cuántos alumnos caben en un aula, pero en el recreo se juntan varios cursos en el mismo espacio a la vez, así que hablamos de muchos más niños moviéndose juntos que en cualquier clase normal. No es que una sea floja aguantando esto; es que el espacio en sí ya es exigente, y el bienestar docente empieza por reconocer eso antes que por exigirse aguantar como si nada. Si a alguien esto de saturarse con el ruido le suena muy familiar, tengo aparte unos apuntes sobre cómo manejar la sensibilidad al ruido en clase.
Cuando puedo, aprovecho un minuto en el pasillo vacío antes de volver al aula: paso las hojas ya estudiadas del cuaderno, y los cantos de los marcadores de colores se enganchan un segundo entre los dedos, una tontería que de algún modo me centra. Sobre la semana diez de llevar esto por escrito, corrigiendo exámenes una tarde, me di cuenta de que había pasado veintidós seguidos sin coger el móvil ni una vez, algo que antes no me pasaba ni de broma en un rato tan largo de concentración.

En el aula hay otro tipo de disparador distinto al del patio, pero esa comparación la tengo apuntada aparte y no quiero mezclarlo aquí. Lo que sí uso a veces es algo que un curso llama defusión cognitiva: nombrar el pensamiento de «esto es un caos» en lugar de pelearme con él. Ayuda sobre todo cuando lo que noto es puro ruido mental, esa sensación de tener demasiadas voces sueltas en la cabeza a la vez, más que un peligro real.
Lo que todavía no tengo claro
Aunque he cambiado bastante desde que empecé el cuaderno, hay cosas que se me siguen escapando. La profesora del curso plantea que se puede entrenar la atención para filtrar el ruido de fondo, algo parecido a lo que llaman el bucle de atención y ansiedad: cuanto más pendiente estoy del jaleo, menos margen me queda para lo demás. A mí, cuando hay más de tres focos de conflicto a la vez en el patio, se me sigue yendo la cabeza igual, así que no sé si es cosa de práctica o si hay un límite real ahí.
Tampoco tengo resuelto qué hacer con la resaca que me queda después de un recreo movido, ni cómo frenar esas noches en las que entro en lo que el curso llama un ciclo de rumiar la jornada, dándole vueltas al patio ya pasado sin sacar nada en claro. Tampoco he entrado en la parte de cómo el sueño ayuda a fijar lo que uno aprende, ni en técnicas de respiración pensadas para otros momentos del día. Son temas que dejo anotados en el margen para cuando llegue a ellos, igual que el arco completo de lo que pasa en un ataque de pánico, que es distinto de este ahogo puntual del recreo aunque se le parezca.

Si el agotamiento se nota varios días seguidos, y no solo un rato después del patio, tengo aparte lo que anoté sobre cómo recuperar la claridad en el día a día.
Apuntar todo esto ayuda más de lo que parece a primera vista, sobre todo si os sentís identificadas con este runrún constante. A mí los apuntes de Reset Mental me dieron una estructura que no tenía, y del curso Memoria Extraordinaria también saqué algunas notas sobre cómo el estrés afecta a lo que recordamos, otro tema que me tiene enganchada. Al final se trata de entenderse un poco mejor, para que ni el mercado ni el patio del recreo nos dejen igual de tocadas cada vez.
Y si el nudo en el estómago no se afloja ni al llegar a casa, no lo dejéis para después: habladlo con vuestro médico. Estas notas son lo que yo voy aprendiendo, no sustituyen el consejo de quien sabe de esto de verdad.