Cuaderno de Calma

Cómo evitar perder el hilo al hablar por falta de concentración

No es lo mismo quedarte tres segundos en silencio delante de la clase que perder el hilo entero de lo que ibas a decir: lo primero es solo una pausa, lo segundo es la sensación de que el argumento se te ha borrado del mapa. Llevo un tiempo dándole vueltas a esto de la ansiedad y el habla, y lo que voy sacando en claro es que perder el hilo no tiene tanto que ver con la memoria como con la concentración mental, con dónde decides meter el foco tu cabeza cuando hay nervios de por medio.

Antes de meterme a estudiarlo, yo daba por hecho que era cosa de hacerme mayor o del cansancio acumulado del colegio. Un curso que hice sobre procesos cognitivos lo plantea de otra manera: cuando el cuerpo interpreta que hay peligro (aunque el peligro sea solo la mirada del director en una reunión), prioriza la alerta antes que la fluidez verbal. Si esto te pasa muy a menudo, o te genera un malestar que no sabes manejar, coméntalo con un profesional de salud mental. Esto va más de bienestar docente vivido desde dentro que de terapia, y yo aquí solo cuento apuntes de maestra, no sustituyo a nadie con formación clínica.

Se corta la frase justo cuando nos miran

Esta es la pregunta que más me hacéis, y también la que más tardé en entender. Un lector habitual del blog, Demetrio, que trabaja en informática y busca casi siempre una explicación mecánica antes que una emocional, me escribió una vez preguntando si esto era cuestión de "memoria RAM llena" más que de ansiedad. En parte tiene razón: en el curso relacionan lo que le pasa a la memoria de trabajo bajo estrés con ese mismo bloqueo — el hueco donde sostienes lo que vas a decir se llena de otras cosas (el miedo a quedar mal, sobre todo) y ya no queda sitio para la frase siguiente. De ese circuito entre la ansiedad y la atención hablo más a fondo en otra entrada del cuaderno; aquí me quedo con la idea general.

Memoria de trabajo y concentración mental: mano tomando notas sobre el bloqueo al hablar

El límite de la memoria de trabajo cuando hay nervios

En el curso citan lo que se conoce como el Número de Miller para explicar que lo que podemos sostener a la vez en la cabeza tiene un tope. No hace falta quedarse con la cifra exacta — basta con notar que, si ese hueco ya lo ocupan los nervios, no queda margen para hilar un argumento largo. A mí me sirvió más la idea que el número en sí.

Con Alberto, un amigo de la facultad que ahora da clase de historia en un instituto, hablé de esto hace poco por el Tubo, tomando algo después de clase. Típico de él: antes de creerse nada me preguntó de dónde había sacado yo lo del hueco limitado, porque a sus alumnos de bachillerato tampoco les dura la concentración ni cinco minutos cuando salen a exponer. Le dije lo mismo que os digo a vosotros: no es un fallo de carácter ni de generación, es que la cabeza (la suya, la mía, la de sus alumnos) tiene un límite para lo que puede sostener a la vez, y los nervios ocupan sitio ahí dentro.

No es la edad lo que falla

Durante un tiempo pensé que, con la experiencia dando clase, esto debería habérseme quitado ya. No es así, y en el curso lo explican por otro lado: hablan del cortisol, la hormona que soltamos bajo estrés, y de cómo interfiere en la zona del cerebro que organiza lo que vamos a decir. Cómo actúa eso con detalle lo dejo para otra entrada del cuaderno, porque ahí me pierdo un poco con los tecnicismos; me quedo con la idea de que cuanta más tensión, menos margen para encadenar las palabras.

Lo noto también en el cuerpo antes que en la cabeza: las manos frías, el pecho apretado, esa sensación previa de alarma que en otra entrada del cuaderno explico con más calma. Si además de perder el hilo notas mareo, palpitaciones fuertes o que esto va a más, no te quedes con mis apuntes — habla con tu médico de cabecera o con un profesional de salud mental, sobre todo si ya tienes un diagnóstico o tomas medicación.

Ansiedad y habla: nota con palabras clave y vaso de agua antes de una reunión

Entrenar la concentración mental sin pelear con el silencio

Aquí es donde cambié el enfoque. Durante mucho tiempo intenté evitar quedarme sin palabras esforzándome más, controlando cada frase antes de decirla; y cuanto más me esforzaba, peor. Lo que el curso llama defusión cognitiva (que suena más complicado de lo que es) viene a ser esto: en vez de pelearte con el bloqueo, lo dejas estar un segundo, como quien deja pasar una ola en vez de plantarse delante. De esa técnica hablo con más detalle en otra entrada, pero la idea general me cambió bastante la manera de vivir esos silencios.

También cambié la preparación, no la reacción en el momento. Antes de una tutoría o una reunión importante, apunto tres palabras clave en un papel — no frases enteras, solo la percha que necesito si me pierdo. No es una técnica de respiración ni un ritual de calma; es más bien entrenar a la memoria de trabajo para que tenga un ancla fija en vez de tener que inventarse el hilo entero desde cero.

Esto lo aplico también cuando tengo la mente dispersa y no logro concentrarme en medio de una explicación larga: freno, miro el papel, y retomo desde la última palabra clave en vez de intentar recordar la frase exacta que tenía preparada.

Bienestar docente: ventana abierta como pausa mental para recuperar la concentración

Lo que sucede si no hay nadie delante juzgándome

Sí, y esto es lo que más me costó entender, porque si nadie te mira no debería haber miedo a quedar mal, ¿no? Aun así, a veces pierdo el hilo pensando sola, dándole vueltas a algo en la cabeza. Un curso sobre el ruido mental lo explicaba con la idea de que no hace falta público para saturar la memoria de trabajo — basta con la cantidad de pensamientos que se amontonan, sin que nadie más los vea. Y esos pensamientos que se repiten sin parar, dándole vueltas a lo mismo, son otro tema que trato aparte en el cuaderno.

Hay domingos en los que ya no repaso mentalmente toda la semana antes de dormir: me quedo mirando cómo cambia la luz en el techo y ya está, sin la lista de pendientes dándome vueltas por la cabeza. Cuando eso pasa, entiendo mejor lo que dice el curso: la cabeza despejada tiene sitio de sobra para hilar cualquier frase; la cabeza llena, no.

Lo que todavía no me cuadra

Todavía se me escapan algunas cosas. Por ejemplo, por qué hay días en los que, durmiendo bien y sin ningún disgusto a la vista, el hilo se me escapa igual — ahí sospecho que hay factores que ni el curso ni yo hemos estudiado todavía, puede que hasta de cansancio acumulado que ni noto. Tampoco tengo claro cuánto influye la multitarea del aula (atender a un niño, mirar la pizarra digital, responder a otro a la vez) en esta agilidad mental ante el bloqueo que se va desgastando durante el día; es algo que dejo pendiente para el siguiente módulo que estoy haciendo ahora.

Probé también con el diario de gratitud que recomendaba una youtuber que sigo, apuntando cosas buenas de cada día — y no me sirvió de nada para esto en concreto; supongo que apuntaba al problema equivocado. Lo que sí me ha servido es tratar el bloqueo como información y no como un fallo: cuando entiendes por qué se llena el hueco, cuesta menos vaciarlo. A veces me doy cuenta de esto releyendo el cuaderno, pasando las páginas ya subrayadas y notando el tacto de los rotuladores de colores que uso para separarlas por temas.

Estos apuntes salen de un par de cursos sobre procesos cognitivos y gestión del estrés que he ido haciendo online, sobre todo del módulo dedicado a la memoria de trabajo, que es de donde saco casi todo lo que cuento aquí.

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