
Cuando el bolígrafo rojo tiembla en la mano, no es por el alumno sino por miedo a poner mal la nota. A mí me pasaba cada domingo delante de la pila de exámenes. Soy Irene, maestra de primaria en un colegio público de Zaragoza, y en mi cuaderno llevo un tiempo estudiando esto que he terminado llamando ansiedad laboral —y, en el fondo, la salud mental de los maestros de a pie, de la que poco se habla en la sala de profesores—. Antes de seguir: algunos enlaces de este texto llevan comisión si os matriculáis a través de ellos, y eso no os sube el precio ni un céntimo. Lo que sigue es lo que fui anotando sobre por qué vencer la inseguridad no depende de dejar de fallar, sino de otra cosa que tardé bastante en entender.
15 de noviembre de 2025: ¿por qué me daba pánico equivocarme al corregir un examen?
Aquella noche de domingo en mi piso de Zaragoza, el cierzo golpeaba la ventana con una fuerza que ponía los pelos de punta. Tenía delante veinticinco exámenes de matemáticas —el máximo por aula que marca la ley, y ya os digo que se nota— y estaba paralizada, no por pereza sino por un miedo físico a poner un dato mal o a ser injusta con una nota. Pensaba: «si me equivoco en esta corrección, van a pensar que después de tanto tiempo dando clase todavía no sé hacer mi trabajo». Es el runrún de la ansiedad que no te deja avanzar, y esa noche até cabos por primera vez con algo que el curso, más adelante, llamaría el enganche entre la ansiedad y la atención: la cabeza se queda pegada al error posible y deja de registrar lo que tiene delante, y ahí, según lo que estudié después, es también donde se vacía esa memoria de trabajo que necesitas para sumar dos columnas sin perder la cuenta.
Antes de ponerme a estudiar esto probé de todo. Tomé una infusión de valeriana y pasiflora cada noche durante semanas, convencida de que si calmaba el cuerpo el resto vendría solo, pero el nudo del domingo seguía exactamente igual a la mañana siguiente. Una amiga mía, que por entonces se había apuntado a cerámica en un taller del Casco Viejo para desconectar de lo suyo, fue quien me pasó un primer curso online casi de rebote, más para distraerme que otra cosa, y a la maestra que llevo dentro se le activó el chip a partir del segundo módulo. En el curso sobre inseguridad que hice después, la profesora planteaba que el miedo al error no es falta de capacidad sino una sobreestimación de las consecuencias del fallo; lo que antes no pillaba es que mi cabeza trataba un error en un boletín como si fuera una amenaza real, con todo ese ruido mental disparado antes incluso de coger el bolígrafo.
Lo que el curso me aclaró es que la ansiedad laboral suele alimentarse de un perfeccionismo que nos inventamos para sentirnos seguras, no porque falte preparación sino porque hemos puesto el valor propio en no fallar ni una coma. Lo que aún no tengo claro es cómo desactivar ese chip de golpe cuando la presión del centro aumenta; supongo que es cuestión de práctica constante y no de un truco único.

28 de enero de 2026: ¿por qué se me pone la mandíbula como una piedra en las reuniones con las familias?
Volvíamos de las vacaciones de Navidad y tenía la primera reunión de tutoría del año. Noté esa tensión repentina en la mandíbula que me corta la fluidez cuando un padre o una madre pregunta algo que no llevo preparado al milímetro, un bloqueo total, con las manos sudando y la llave del aula fría en el bolsillo mientras espero a que suene el primer timbre. Ese tipo de señal física, según leí después, suele llegar antes de que la cabeza registre nada: el cuerpo se dispara primero y la explicación viene detrás, casi siempre delante de un disparador muy concreto; para mí, esa reunión en particular es uno de los que se repiten curso tras curso.
En los apuntes que tomé de los materiales de estudio explicaban que este miedo a la evaluación externa es una rama de la inseguridad, muy pegada a la sensación de que te van a juzgar por cómo haces tu trabajo. Para eso empecé a aplicar ideas de cómo superar el síndrome del impostor y ganar confianza en el colegio. Según el curso, una de las claves es la exposición gradual: dejarte errores pequeños y controlados para enseñarle al sistema nervioso que no pasa nada, por ejemplo, dejar una falta de ortografía adrede en la pizarra y corregirla delante de los niños, riéndome de mí misma. También hablaban de algo que llaman defusión cognitiva, que entendí más o menos como aprender a mirar el pensamiento «esto va a salir mal» sin creérmelo del todo, aunque confieso que esa parte todavía se me resiste.
Esto es lo que aprendí, no una norma cerrada: la seguridad no viene de no fallar, sino de saber que puedes gestionar el fallo cuando llega. Aun así, os recuerdo que soy maestra, no profesional de la salud mental; si ese nudo os impide vivir con normalidad, acudid a alguien cualificado, porque ningún cuaderno sustituye a un terapeuta cuando hay un diagnóstico de por medio.

12 de mayo de 2026: lo que un cirujano en formación me enseñó sobre vencer la inseguridad
Una tarde de mayo, antes de las tutorías finales, me dio por comparar mi situación con la de otros oficios. En un foro leí el ejemplo de los cirujanos en formación: a diferencia de lo que pasa en un aula, un cirujano no puede permitirse la autocompasión ante un error técnico, porque las consecuencias son inmediatas. Esa exigencia de precisión absoluta es real para ellos. El problema es que quienes arrastramos ansiedad laboral a veces operamos mentalmente como si estuviéramos en un quirófano cuando solo estamos subiendo una nota al sistema o repartiendo circulares, y ahí entra otro concepto del curso, el de darle vueltas a lo mismo sin avanzar, esa rumia que deja tan cansada como un día entero de clase aunque no te hayas movido de la silla.
En el curso 4 Herramientas para Vencer la Inseguridad, de donde saqué buena parte de estos apuntes, insistían en diferenciar la responsabilidad de la culpa. También apliqué ideas de cómo mejorar la concentración para corregir exámenes sin sentir ansiedad, centrándome en la tarea presente y no en lo que dirán de mí si fallo. De la respiración y de cómo bajar la tensión del pecho en el momento hablo en otro cuaderno mío; aquí me quedo con la cabeza, y con lo que descubrí sobre cómo el sueño de esa noche ayuda o no a que lo aprendido se quede fijado, otro tema que el curso apenas rozaba. Lo que todavía no entiendo bien es por qué, aunque sepa esto racionalmente, el cuerpo a veces sigue reaccionando con taquicardia.
Lo que sí tengo claro ahora es que intentar ser perfecta es la forma más rápida de volverse ineficiente. Si paso tres horas revisando el informe de un alumno no estoy siendo mejor maestra, estoy gastando la energía que necesito para estar presente en clase al día siguiente, y esa ansiedad que ya empieza el domingo por la tarde, antes incluso de que llegue el lunes, es otro capítulo que dejo apuntado para otro día. No es una verdad absoluta, pero a mí me sirvió para soltar algo de lastre.

10 de junio de 2026: doce semanas después, aprendiendo a convivir con el error
Llevo ya doce semanas aplicando de verdad lo que fui anotando en el cuaderno, y algo cambió sin que lo buscara como un truco: hace poco corregí cuatro páginas de exámenes seguidas sin que la cabeza se me fuera ni una vez a pensar en el error que podía estar cometiendo, algo que antes me habría sido imposible. Ya no busco la perfección, sino la funcionalidad. También aprendí a aliviar el nudo en el estómago por ansiedad aceptando que soy humana: si me equivoco en una suma en la pizarra les digo a mis alumnos «¡vaya, me he colado! ¿quién me ayuda a corregirlo?», y eso les enseña más sobre manejar el fallo que cualquier lección teórica.
Hace poco quedé con mi amiga la de cerámica a la salida de su taller del Casco Viejo, y dimos una vuelta por el Parque del Tío Jorge mientras le contaba todo esto. Ella me preguntó si ya no me pesaba tanto el ruido de la clase cuando ando tensa, y le dije que ese es otro asunto, el de cómo el fondo sonoro se vuelve insoportable cuando ya vas cargada, distinto a esto del error. El material que más me ayudó a ordenar todo fue 4 Herramientas para Vencer la Inseguridad: me dio una estructura cuando la cabeza era solo ruido y miedo a fallar. No es que la ansiedad haya desaparecido del todo, sigo teniendo noches de darle vueltas a las cosas, pero ahora tengo un sitio concreto donde mirar cuando el miedo al error intenta paralizarme el brazo, y esa diferencia sí la noto a diario.
Si os veis reflejados en esto de dudar de cada paso que dais en el trabajo, quedaos con la idea que más releo de todo lo apuntado: vuestro valor no depende de la nota que penséis que merecéis por no fallar, sino de lo que hacéis con el fallo cuando llega. De cómo se enciende y se apaga un ataque de pánico en toda regla no hablo aquí, porque no fue lo que me tocó vivir a mí, aunque el curso lo explicaba en otro módulo; lo mío ha sido más este goteo constante que un pico agudo. Si estáis bajo tratamiento médico o sentís mucha angustia, hablad con vuestro médico de cabecera antes de aplicar nada de esto. Yo seguiré aquí, apuntando en mi libreta lo que voy descubriendo módulo a módulo, intentando ser cada día un poco más maestra y un poco menos jueza de mí misma.