Cuaderno de Calma

Cómo gestionar los mareos por ansiedad y estrés durante las clases

Un mareo por bajada de tensión y un mareo por ansiedad se sienten casi idénticos por fuera, la misma sensación de que el suelo cede un poco, pero por dentro son dos procesos distintos, y confundirlos es lo que más tarda en aclarar cualquier maestra que empieza a notar mareos en clase. Llevo un tiempo apuntando en un cuaderno lo que voy entendiendo sobre la ansiedad docente y la gestión del estrés a través de distintos cursos online, y esta entrada reúne el criterio que uso ahora para separar un mareo de ansiedad de otra cosa, y por qué me parece un tema que pesa de verdad en la salud mental de cualquier docente que pasa el día de pie delante de una clase.

Antes de llegar a esa distinción probé un poco de todo, incluido apuntar cada noche tres cosas por las que estaba agradecida antes de dormir; ayudaba al ánimo en general, pero no impedía que el aula se moviera al día siguiente en mitad de una evaluación. Lo que sí sirvió fue sentarme a estudiarlo en serio, en la mesa de la cocina de mi piso en el barrio de San Pablo, con las páginas grapadas de cada módulo llenas de rayas de rotulador —un color para lo que iba entendiendo, otro para las dudas, otro para lo que se me resistía del todo. De ahí salió la respuesta que seguiría usando.

12 de febrero de 2026: ¿es lo mismo un mareo físico que un mareo de ansiedad?

La primera pista no está en cómo se siente el mareo, sino en cuándo aparece. Si te da igual que sea un lunes tranquilo o un viernes de entrega de notas, o si viene acompañado de otros síntomas que no cambian con el contexto, eso es terreno de un profesional de la salud y no de estas notas; yo no soy médico, y si algo así te pasa, lo primero es que te vea alguien que sí lo sea. Pero si el mareo aparece casi siempre en los mismos momentos —antes de una reunión de padres, en plena semana de evaluaciones, justo cuando notas que te están mirando más de la cuenta—, el patrón mismo ya te está diciendo bastante. Ese fue el primer criterio que usé para dejar de buscar la causa en el oído y empezar a buscarla en lo que pasaba en el aula ese día concreto.

Según el curso, lo que pasa por dentro tiene que ver con cómo el cuerpo interpreta las señales de equilibrio del sistema vestibular cuando hay tensión sostenida en el cuerpo, sin entrar en el mecanismo exacto, porque ahí ya me sales de lo que ese módulo cubría. La imagen que usaba la profesora del curso, y que a mí se me quedó grabada, era la de una brújula intentando funcionar cerca de un imán: la información no está mal del todo, pero llega distorsionada.

Lo que todavía no tengo claro: por qué a veces el mareo dura un par de segundos y otras veces me deja toda la tarde con una sensación de inestabilidad de fondo, aunque ya esté en casa y tranquila. Ahí el curso no entraba, y no he encontrado todavía una explicación que me convenza del todo.

El error más habitual al gestionar un mareo de ansiedad en clase

Escritorio de maestra con cuaderno de apuntes sobre mareos por ansiedad y gestión del estrés docente.

Durante bastante tiempo mi primer reflejo, en cuanto notaba que el suelo empezaba a ceder, era coger aire de forma exagerada, como si estuviera inflando un globo. Según lo que explicaba el curso, eso puede ir justo en la dirección contraria a la que conviene, porque cuando ya hay una hiperventilación de fondo por la tensión, forzar más aire del que el cuerpo pide tiende a acentuar el mareo en lugar de calmarlo. No voy a extenderme aquí en cómo pautar la respiración paso a paso —eso lo trabajo con más detalle en otra entrada del cuaderno—, pero sí puedo decir que a mí me cambió bastante dejar de forzar el aire y simplemente notar cuándo estaba a punto de hacerlo.

Esto conecta con algo que ya conté en otra entrada sobre aliviar el nudo en el estómago antes de entrar en clase: cuando ya llegas tensa desde el pasillo, cualquier mareo que aparezca después cuesta más de manejar. Lo que me sirve ahora no es tanto una técnica concreta de respiración, sino notar el momento exacto en que empiezo a forzar el aire y frenar ahí, antes de que vaya a más.

Separar la señal real del ruido de fondo

Mano de una maestra agarrando el riel de la pizarra durante un episodio de mareo por ansiedad en clase.
Boceto de una técnica de respiración pautada anotada en el cuaderno de ansiedad docente.
Pies apoyados con firmeza en el suelo del aula como parte del control de mareos por ansiedad.

Distingo bastante bien ahora entre la señal de alarma que manda el cuerpo y lo que de verdad está pasando en el aula, que casi siempre es nada peligroso. La técnica que más uso —anclar la atención en algo del entorno que sé que es estable: el marco de la puerta, una esquina de la estantería, el peso de los pies contra la suela del zapato— la explico con más calma en otra entrada centrada solo en eso; aquí me interesa más el criterio general que hay detrás: cuando el cerebro deja de rumiar sobre la señal interna y vuelve a procesar algo externo y concreto, el mareo casi siempre pierde fuerza más rápido.

Buscar un sonido concreto en medio del ruido de fondo del aula también ayuda, aunque ahí la sensibilidad al ruido en clase puede jugar en contra si además te cuesta filtrar estímulos —eso lo cuento aparte, porque da para una entrada entera.

También dejé de flagelarme por marearme delante de la clase, como si fuera un fallo de carácter; ahora lo leo más bien como el cuerpo intentando protegerme de una tensión que no sabe soltar de otra forma. Hablarlo con naturalidad ayuda más de lo que pensaba: cuando compartí algunas de estas claves para superar el miedo a cometer errores con una compañera del colegio, me contó que le pasaba lo mismo pero le daba vergüenza decirlo en voz alta.

Edurne, una compañera de un curso online con la que coincido en el foro, enfermera de Bilbao, siempre es la primera en pinchar una afirmación si no le cuadra con lo que ve en sus turnos, y cuando le conté esto me dijo que a ella el mareo le aparecía sobre todo cuando llevaba muchas horas sin sentarse. Así que puede que el contexto físico pese más de lo que el curso reconocía.

Un ejemplo de que el patrón cambia con el contexto: en la sala de profesores, respondiendo de sopetón a una pregunta sobre una reunión que no había preparado de antemano, no noté nada —ni el pulso ni el mareo aparecieron—, aunque en clase, delante de veinticinco críos, sigue siendo otra historia.

Ahora que lo pienso, los días que salgo a caminar un rato por el paseo de la ribera del Ebro antes de que empiece la semana, esas sensaciones aparecen menos, pero no sabría decir si es la caminata en sí, el simple hecho de moverme, o solo que llego con menos acumulado a clase.

Lo que todavía no tengo claro: si el tipo de calzado influye de verdad. Empecé a usar suelas más finas para notar mejor el suelo, y no sé si es sugestión o si de verdad ayuda a la propiocepción a estar más alerta —hasta ahí no he llegado a estudiarlo con el curso, así que lo dejo como pregunta abierta.

El cuaderno sigue teniendo más preguntas que respuestas cerradas, pero al menos ahora sé por dónde mirar cuando el suelo empieza a moverse: primero el patrón, después el aire, después lo que el cuerpo necesita para volver a sentirse en tierra firme. Si algo de esto le sirve a otra maestra que se sienta igual de sola en mitad de una clase, ya ha merecido la pena apuntarlo.

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