Cuaderno de Calma

Por qué siento que mi mente se queda en blanco al explicar temas

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Repasar la fotosíntesis a solas, en voz baja y sin prisa, no tiene nada que ver con explicarla en voz alta delante de veinticinco niños que esperan que la cuente bien. El contenido es exactamente el mismo; lo que cambia es todo lo demás: el cuerpo, la exigencia, el margen de error que te permites. Durante mucho tiempo di por hecho que si dominaba un tema a solas, me iba a salir igual de fluido en clase. La ansiedad docente no funciona así, y entender el motivo me ha llevado más entrenamiento mental del que esperaba.

Un tema que domino perfectamente se queda bloqueado en cuanto toca decirlo en voz alta

Esta es la pregunta que más vueltas le ha dado mi cuaderno, porque al principio pensaba que era simplemente cansancio o que me hacía mayor. Según lo que recogí del curso de Memoria Extraordinaria, el problema no está en que el dato se borre del todo, sino en que durante un momento de tensión el cerebro no lo deja salir: hablan de un bloqueo de recuperación, no de un problema de almacenamiento. El curso mencionaba de pasada el papel del cortisol en ese bloqueo, aunque sin entrar en el mecanismo exacto, y yo tampoco lo tengo estudiado a ese nivel. Lo que sí quedó claro es que cuando el cuerpo interpreta que hay una amenaza —y veinticinco pares de ojos puestos en ti puede serlo, aunque suene exagerado— prioriza la respuesta de alerta por encima de ir a buscar la palabra exacta en el cajón de la memoria.

Cuaderno con esquemas de técnicas de memoria y concentración usados para entender el bloqueo mental al explicar

Pensarlo a solas y decirlo en directo no entrenan la misma memoria

Cuando repaso un tema a solas, sentada con mis apuntes, no hay nadie evaluando el resultado en tiempo real: si me atasco, vuelvo atrás, releo la frase, y no pasa nada. Delante de la clase ese margen desaparece. El curso lo relacionaba con los límites de la memoria de trabajo, el espacio donde manejamos la información mientras hablamos; cuando ese espacio se llena de ruido —la expectación de veinticinco críos, el siguiente punto del tema, el reloj— queda menos sitio para ir a buscar la palabra exacta. No he profundizado en la parte más técnica de esto, que otro módulo trataba mejor de lo que yo podría explicarlo aquí, pero la diferencia práctica la noto todas las semanas: a solas tengo margen de error, en directo no. Incluso antes de empezar a explicar, solo con anticipar que puede haber una interrupción, ya noto el cuerpo más alerta de lo normal.

El aula frente al silencio de repasar en casa

En casa, si repaso un tema, controlo el ritmo. En el aula no: si estoy explicando el ciclo del agua y un alumno con TDAH me interrumpe tres veces para preguntarme si el recreo es dentro o fuera porque llueve, el hilo se rompe igual, sepa yo mucho o poco del tema. Ese disparador es muy distinto al que tengo en casa — en el aula el bloqueo no viene solo de los nervios, sino de gestionar la interrupción y recuperar el dato al mismo tiempo. Probé de todo para bajar el ruido de fondo en general, incluido un fin de semana entero sin el móvil, convencida de que así iba a resetear la cabeza; no cambió nada en concreto sobre el bloqueo al explicar, me volvió a pasar el lunes siguiente igual que antes. Lo que de verdad ayuda, según lo que apunté del curso, son anclajes visuales: un esquema claro en la pizarra o en el papel al que mis ojos puedan volver sin depender de la memoria en caliente. Eso me ha servido para evitar perder el hilo al hablar por falta de concentración, algo que antes me pasaba con bastante frecuencia. Meritxell, que da música en mi mismo colegio, es de las que detecta enseguida cuando una explicación tiene un hueco; una tarde paseando por el Canal Imperial de Aragón, al salir de clase, me hizo notar que yo rellenaba esos huecos con muletillas sin darme ni cuenta, mucho antes de que lo viera escrito en ningún curso.

Las tutorías con las familias funcionan igual, solo cambia el público

Las reuniones con las familias son el mismo mecanismo con otra cara: ahí el bloqueo no viene de la materia, sino de sentirme juzgada. Sé perfectamente qué quiero decir sobre el progreso de un alumno, y aun así delante de los padres la cabeza se me puede quedar vacía un segundo. El curso hablaba de un modo de "autovigilancia": cuando sientes que te están evaluando, gastas parte de la energía mental en vigilarte a ti misma en vez de en hablar, y eso le resta sitio a lo que querías decir — otro ángulo del mismo miedo a la evaluación social que ya he visto explicado mejor en otro apunte de este cuaderno. No es solo cosa de aula: una lectora de Asturias, Covadonga, me escribió hace poco contando que le pasaba igual en su trabajo de administración pública, en reuniones donde tenía que exponer algo; llevaba meses convencida de que tenía un problema de memoria, hasta que leyendo por aquí até cabos con la ansiedad. A ella, que prefiere entender antes de lanzarse a probar cosas, lo que más le sirvió fue justo eso: entender el mecanismo antes que buscar un truco rápido. En mi caso, estructurar la información por bloques —tres ideas clave, no la frase entera— me funciona mejor en las tutorías que memorizar un discurso cerrado; es una de las técnicas de potenciar la memoria para el éxito profesional que recomiendan en Memoria Extraordinaria. Potencia tu mente para el éxito, y es de las pocas cosas del curso que noto distinta según hable a solas o en directo.

Lo que todavía no tengo claro

Hay algo que mi cuaderno todavía no resuelve: por qué hay días en que, sin ninguna interrupción y durmiendo bien, el bloqueo aparece igual, a primera hora de un lunes tranquilo. El curso apuntaba a la fatiga acumulada, pero no siempre cuadra con lo que vivo. Tampoco tengo claro cómo gestionar el nudo en el estómago que me deja un bloqueo fuerte; a veces se me queda ahí horas, dándole vueltas a la frase que no me salió, y sospecho que eso ya es más cosa de rumiar lo mismo una y otra vez —como lo llaman en el curso— que del bloqueo original. Mi madre me soltó hace poco, sin venir mucho a cuento, que últimamente me nota más tranquila cuando le explico cosas por teléfono; puede que no vaya del todo desencaminada, aunque yo no sabría decir qué parte es el curso y qué parte es simplemente acostumbrarme. Si a alguien esto le pasa de forma muy seguida y le genera mucha angustia, mejor hablarlo con un profesional de salud mental que seguir tirando de los apuntes de una maestra sin formación clínica: esto que escribo es lo que voy entendiendo, no un diagnóstico ni una pauta.

Si tuviera que resumir la diferencia en algo útil, sería esto: cuando pienso un tema a solas o lo escribo, no necesito ningún anclaje especial, porque tengo todo el tiempo del mundo para corregirme. Cuando lo tengo que soltar en directo —delante de la clase, de las familias, o de quien sea que te está mirando esperando una respuesta— sí lo necesito: un esquema visual al que volver y la información troceada en bloques pequeños. Dicho de otra forma: el problema nunca estuvo en lo que sabía, sino en el momento y el público en el que tenía que sacarlo. De los apuntes que fui tomando, lo que más me ordenó las ideas sobre esta parte de sacar la información bajo presión salió del curso de Memoria Extraordinaria; para los días en que el ruido general de la cabeza no te deja ni empezar, también saqué ideas útiles de Reset Mental. Ninguno de los dos te convierte en otra persona de un día para otro, pero a mí me ayudaron a dejar de tratarme como si fuera torpe por quedarme bloqueada, y a tratarme más bien como alguien que lidia con una tarea compleja con público delante.

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