Cuaderno de Calma

Lo que aprendí sobre los problemas de memoria por estrés laboral

Se me olvidó el nombre de un alumno que llevo tres cursos teniendo en clase, delante de toda la fila, sin tiempo ni para disimularlo, otro despiste más de los que llevo achacando al estrés laboral este curso.

Durante bastante tiempo di por hecho que esto era simplemente tener mala memoria, de esas que vienen de fábrica, o que ya iba tocando volverme más despistada — el típico "las cosas se me olvidan, será la edad". Estudiando la relación entre ansiedad laboral y memoria en los cursos que he ido haciendo, ese diagnóstico casero se cae bastante rápido: y eso que llevo ya seis cursos dando clase, no es que sea nueva en esto ni me falte rodaje.

27 de agosto de 2026: ¿es que tengo mala memoria o me estoy volviendo despistada?

En el curso sobre gestión de la carga mental que hice (no recuerdo bien el nombre de la profesora del módulo, cosas de la ironía) la explicación iba por otro lado completamente distinto a "se te está yendo la cabeza". Cuando el estrés se mantiene en el tiempo, decía, el cuerpo cambia cómo reparte los recursos, y algo de eso toca de refilón al hipocampo; el mecanismo exacto lo dejo para otro apunte, porque aquí me interesa más desmontar el mito que enredarme con la neurociencia.

Lo que sí me quedó claro es que no es un fallo de la memoria en sí, sino de dónde está puesta la atención cuando el cuerpo cree que hay una amenaza constante — algo parecido a lo que pasa con la memoria de trabajo, que se satura antes cuando ya viene cargada de nervios; ese tema también lo dejo para otro apunte, que si no me lío.

La prueba de que la memoria no estaba rota me la dio, sin buscarlo, una tarde corrigiendo exámenes: pasé veintidós seguidos sin mirar el móvil ni una sola vez, algo que meses atrás me habría parecido imposible. Si de verdad tuviera la cabeza estropeada, ese rato de concentración sostenida no debería existir; lo que cambia no es la capacidad, es la carga que lleva encima en cada momento.

Probé también algo más drástico: un fin de semana entero sin móvil, para "resetear" de golpe. No sirvió de mucho — el lunes volví al cole igual de saturada, porque el problema nunca fue el aparato en sí, sino no soltar el trabajo ni un rato en toda la semana. Me pasó algo parecido un sábado en el Mercado Central de Zaragoza: llegué hasta el puesto de siempre y se me había olvidado por completo qué venía a comprar, con la cabeza tan llena de cosas del cole que no le quedaba sitio a una simple lista de la compra.

Cuaderno de apuntes sobre salud mental docente y memoria, con tiza al lado

Olvidar no es lo mismo que estar rota, según lo que explicaba el curso

Si te iguala te pasa algo parecido, antes de pensar que te falla la cabeza mira cuánto tiempo llevas sin un hueco real de desconexión — no un fin de semana entero de golpe, que a mí no me sirvió de nada, sino algo más pequeño y sostenido casi todos los días. Si la respuesta es "ninguno desde hace semanas", ahí tienes la explicación antes que en "no valgo para esto".

Se lo comenté a Meritxell, la compañera de música del claustro, y puso esa cara de "a ver, convénceme" que pone siempre que le cuento algo de los cursos — hasta que cayó en la cuenta de que a ella le pasa exactamente lo mismo los días de concierto del cole, y ahí se le picó la curiosidad de verdad.

Para las tardes en las que el bajón es más de cansancio que de nervios tengo apuntado aparte cómo mejorar los problemas de memoria por cansancio mental cada tarde, que es un asunto relacionado pero no exactamente el mismo. Y dejar de intentar memorizarlo todo a base de fuerza de voluntad, junto con dejar de rumiar pensamientos negativos tras un día difícil en el cole, hace que a la mañana siguiente los nombres o las tablas de multiplicar salgan sin tanto esfuerzo.

Si notas que esto te complica el día a día más de la cuenta, o ya tienes un diagnóstico o un tratamiento en marcha, lo que cuento aquí no sustituye hablar con un profesional — esto son apuntes de una maestra que estudia por su cuenta, no una guía clínica.

Notas adhesivas y agenda para entrenamiento mental frente al olvido en el aula

Reflexiones finales de mi cuaderno

Hace poco recibí un comentario muy largo en el blog, de una lectora asturiana, Covadonga Riesgo, que describía el lío mental que llevaba con un detalle que parecía sacado de un parte médico, síntoma por síntoma, casi con hora y minuto. Trabaja en administración pública y llevaba meses convencida de que tenía un problema serio de memoria, hasta que ató cabos con la ansiedad después de leer una entrada de por aquí. Ese comentario me confirmó que el mito de "me falla la memoria" tapa casi siempre otra cosa.

Escribo esto en la mesa de la cocina de mi piso en San Pablo, con la libreta de hojas lisas donde voy marcando cada tema por colores y las hojas grapadas del módulo llenas de subrayados que ya ni yo distingo bien a estas alturas, la taza enfriándose al lado porque siempre me despisto antes de bebérmela entera. En cuanto cierro el módulo en la pantalla, el ruido de la calle, que llevaba un rato sin registrar, vuelve de golpe — y es la señal de que toca dejarlo por hoy.

Lo que todavía no tengo claro: no sé cuánto de esto es igual para todo el mundo o cuánto depende de cada cabeza en particular; el curso lo plantea como un patrón general, pero cuando se lo cuento a los compañeros de claustro siempre hay alguien a quien no le encaja del todo.

Quedan temas pendientes para otras entradas del cuaderno: cómo se retroalimentan la ansiedad y la atención, ese ruido de fondo en la cabeza que no se apaga, qué dispara los nervios nada más cruzar la puerta del aula, aprender a no fundirte con cada pensamiento que te pasa por encima, y esa presión física que a veces se nota en el pecho o en los hombros. También me quedan por apuntar cómo ayuda o no el sueño a fijar lo que aprendes, la respiración cuando se te aprieta el pecho, lo que pasa en el cuerpo durante y después de un ataque de pánico, el agotamiento mental que no se va ni durmiendo del tirón, la angustia de los domingos por la tarde antes de volver al cole, el síndrome de la impostora delante de otros compañeros, y cómo un aula ruidosa puede disparar todo esto de golpe.

Estos apuntes salen sobre todo de un curso sobre gestión de la carga mental que hice hace tiempo, al que vuelvo cada vez que la niebla reaparece por el aula. No soy psicóloga ni pretendo dar lecciones: entender que la memoria no estaba rota, solo mal repartida, es la clase de entrenamiento mental que de verdad me ha quitado un peso de encima.

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