Cuaderno de Calma

Cómo aliviar el nudo en el estómago por ansiedad antes de entrar al aula

El nudo que notas en el estómago antes de entrar al aula no se soluciona con ningún truco de última hora, por bien que suene en un titular sobre salud mental en la educación. Llevo tiempo dándole vueltas a esa pregunta en el cuaderno, y cada vez estoy más convencida de que la estamos buscando mal.

Antes de ponerme a estudiar esto en serio, yo también perseguía ese truco de los treinta segundos. Es una de las dudas de ansiedad docente que más me repiten otras compañeras, y durante bastante tiempo la enfoqué igual de mal que ellas. Según lo que explicaban en el curso que hice, ir detrás del alivio inmediato es justo lo que mantiene el nudo enganchado más tiempo del necesario.

No existe un truco de treinta segundos para el nudo

Lo probé a mi manera, antes de leer nada del curso. Pasé un fin de semana entero sin móvil, convencida de que así «reseteaba» la cabeza y llegaba al lunes con la tripa tranquila. Caminé mucho más de lo normal, incluso hasta el Parque Grande José Antonio Labordeta y vuelta, sin pantalla de por medio en todo el trayecto. El lunes, con la mano ya en el pomo, el nudo apareció exactamente igual que siempre.

Ese fue el primer aviso serio de que el problema no estaba en encontrar el gesto correcto, sino en el propio planteamiento: tratar el nudo como una avería puntual que se arregla con la maniobra adecuada. El curso lo planteaba con otra pregunta, más incómoda que la mía: ¿y si no hay nada que arreglar antes de entrar, sino algo que entender con calma, fuera del pasillo?

Primer plano de una mano sobre el pomo metálico de la puerta del aula, el instante justo donde aprieta la ansiedad docente

Por qué la gestión emocional del nudo no pasa por apagarlo

En el curso lo explicaban más o menos así: cuanto más urgencia le pones a que el nudo desaparezca antes de entrar, más le estás diciendo a tu cabeza que ahí dentro hay algo que de verdad merece vigilancia. No sé si la explicación exacta es esa, es solo lo que me quedó apuntado y lo que veo repetirse cuando lo pruebo conmigo misma: cuanto más lo persigo, más se agarra.

Lo curioso es que el aula en sí misma funciona como disparador, más allá del nudo concreto de la puerta — de eso ya escribí aparte, sobre cómo se gestiona la ansiedad cuando el propio espacio es el que dispara la alarma, así que aquí no me voy a extender en esa parte. Me quedo con lo de antes de cruzar el umbral, que es lo que peor tenía entendido.

Lo que el nudo está avisando de tu ansiedad docente

El nudo es solo una de las señales físicas que da el cuerpo de una maestra bajo tensión sostenida — hay más, y ya las fui anotando en otra entrada del cuaderno, así que aquí me centro solo en esta. Lo que sí puedo decir es que no aparece porque falles en algo, aparece porque el cuerpo anticipa una tarea que exige atención repartida entre muchas cosas a la vez.

Hay un martes que se me quedó grabado, no por lo que pasó sino por lo que no pasó: di la clase de mates, la de lengua, salimos al recreo, y hasta bien entrada la mañana no caí en que llevaba tres horas seguidas sin ese runrún de fondo que normalmente me acompaña mientras explico. Por lo que cubría el curso, ese runrún constante es justo lo que se come buena parte de la memoria de trabajo que necesitas para llevar una clase — otra cosa que dejo apuntada para explicar despacio en otro momento, porque aquí se me iría el hilo.

Os cuento esto porque a mí me pasó igual más de una vez: el runrún no era del día que empezaba, era del día anterior sin cerrar del todo. A veces me ayuda recordar lo que escribí sobre cómo dejar de rumiar pensamientos negativos tras un día difícil, porque lo que le doy vueltas por la tarde se nota en el nudo de la mañana siguiente.

Libreta con apuntes y subrayados a mano sobre ansiedad y gestión emocional, cuaderno de estudio de una maestra

Aprender a leer el patrón en vez de perseguir que desaparezca

Lo que a mí me cambió el planteamiento no fue ninguna maniobra de última hora, sino empezar a anotar en qué momentos el nudo aprieta más: si vengo de dormir mal, si el lunes trae una reunión sin programar de antemano, si arrastro algo sin resolver de la tarde anterior. No es un diario bonito ni una rutina fija — es una lista corta, casi de trabajo, para dejar de tratar el nudo como una alarma sin motivo y empezar a verlo como un dato más sobre tu propio bienestar como maestra.

Se lo comenté una vez a Meritxell, la compañera de música, y no me preguntó qué hacer con el nudo — me preguntó qué es exactamente lo que pasa ahí dentro antes de probar nada, que es muy suyo: no toca una técnica nueva hasta que entiende por qué se supone que funciona.

Una lectora de Asturias, Covadonga, me escribió hace un tiempo diciendo que ya no se fía de ningún titular que promete un alivio en segundos, y cada vez le doy más la razón: si algo se soluciona en treinta segundos frente a la puerta, probablemente no era el nudo de fondo, era otra cosa mucho más pasajera.

Lo que todavía no me cuadra

Lo que todavía no sé explicar bien es por qué hay días en que el nudo pesa como una piedra y otros en que apenas roza, con una semana que por fuera parece igual de cargada en ambos casos. Puede que tenga que ver con cómo he dormido, puede que con algo que ni siquiera he identificado todavía, y prefiero decirlo así, tal cual, antes que inventarme una explicación redonda que no tengo.

Si a ti el nudo no se te queda en una molestia pasajera sino que te acompaña casi cada día, o si ya tienes un diagnóstico o un tratamiento en marcha, esto que apunto no sustituye hablarlo con quien lleva tu seguimiento — yo solo cuento lo que una maestra ha ido sacando en claro estudiando por su cuenta, en ratos sueltos.

Con todo esto no pretendo que el nudo desaparezca la próxima vez que pongas la mano en el pomo. Pretendo, como mucho, que dejes de buscar el truco que lo apaga en el pasillo y empieces a mirarlo como lo que probablemente es: información sobre lo que llevas encima, no una avería que arreglar antes de las nueve.

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