
En mitad del claustro ordinario a media tarde, me di cuenta de golpe de que la voz de la jefa de estudios se había convertido en un murmullo lejano. Mi cabeza estaba a tres kilómetros de allí, anticipando mentalmente correcciones pendientes que nada tenían que ver con el orden del día. Otra vez me había ido.
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¿Por qué me cuesta tanto no desconectar cuando habla otra persona?

Esta duda la escribí en rojo a finales de febrero. Llevo ya seis cursos escolares como maestra de primaria en la escuela pública zaragozana, y siempre me ha parecido una contradicción flagrante: me paso las mañanas pidiéndoles a veinticinco niños que mantengan la atención, que escuchen al compañero y que no se dispersen con la primera mosca que cruce la ventana, pero en cuanto me siento yo en una reunión de adultos fuera del horario lectivo, mi mente salta por los aires.
Las reuniones de coordinación docente y los claustros suelen alargarse bastante, a menudo entre una y dos horas cuando ya llevas todo el desgaste del día encima. Al principio pensaba que era pura dejadez o simple falta de fuerza de voluntad. Me decía a mí misma: «Irene, céntrate, que esto también es tu trabajo». Pero cuanto más me forzaba a mirar fijamente a quien tenía el turno de palabra, más densa se volvía la niebla mental. Terminé leyendo sobre el concepto de atención y comprendí que el problema no era moral, sino biológico: la capacidad de sostener el foco de forma pasiva ante un estímulo monótono es muy frágil, sobre todo si el cuerpo llega cargado de tensión previa.
Si alguna vez has sentido por qué la mente va a mil por hora constantemente, sabrás que el cerebro no se apaga cuando se aburre; al revés, busca desesperadamente algo en lo que engancharse para quemar ese excedente de activación nerviosa.
El error de intentar transcribirlo todo para no perder el hilo
Durante una coordinación de ciclo en abril toqué fondo con este asunto. Tenía tanto miedo de despistarme y quedar en evidencia delante del equipo directivo que decidí aplicar la técnica del alumno aplicado: copiar todo lo que se dijera. Creí que si mis manos no paraban de escribir, mi cabeza no tendría margen para escaparse.
El resultado fue desastroso. El olor a café recalentado de la sala de profesores mezclado con el zumbido constante del fluorescente del techo ya me estaba cargando la cabeza desde antes de empezar. Me descubrí apretando los dientes, con el chasquido seco del bolígrafo de cuatro colores entre mis dedos mientras notaba los hombros subidos casi hasta las orejas. Traté de transcribir literalmente cada intervención del claustro creyendo que así no me perdería, llenando tres hojas de palabras inconexas que no supe interpretar al día siguiente. No estaba procesando nada; solo hacía de máquina registradora de ruidos.
En un momento de silencio entre dos puntos del orden del día me asaltó un pensamiento helado: «Si me preguntan ahora mismo sobre el plan de convivencia, van a notar que llevo veinte minutos atrapada en mi propio ruido». Ese nudo en la boca del estómago me acompañó toda la tarde. Cuando el miedo a no rendir se mezcla con una reunión densa, suele aparecer una fuerte tensión, algo muy parecido a lo que ocurre cuando exploramos cómo superar el miedo al juicio ajeno en el entorno laboral.
Lo que aprendí al revisar el cuaderno sobre el estado de alerta

Hacia finales de curso, en junio, rescaté mis notas del curso Domina tu Ansiedad o te dominará a ti. Aunque el título me parecía un poco rotundo de más cuando lo compré, el contenido me sirvió para entender algo fundamental que hasta entonces nadie me había explicado de forma sencilla.
En el curso se explicaba que la pérdida de atención sostenida en situaciones pasivas no suele ser un fallo de concentración aislado, sino una consecuencia directa de la hipervigilancia. Cuando arrastramos estrés laboral acumulado, nuestro sistema nervioso interpreta que estar sentados en silencio escuchando cifras o normativas no es seguro: necesita anticipar peligros, revisar listas de tareas pendientes o repasar conversaciones pasadas. La dispersión, según planteaban en las lecciones, funciona muchas veces como una válvula de escape del cerebro frente a la sobrecarga.
Aquí hay un matiz importante que también aprendí observando a algunos alumnos y comentándolo con orientadores del colegio: las personas con un diagnóstico de TDAH, o con perfiles donde la función ejecutiva necesita más gasolina, experimentan esto de forma multiplicada. En esos casos, pedir una atención sostenida puramente receptiva es casi pedir un imposible; sus cerebros necesitan estimulación activa, movimiento o cambios periódicos de formato para mantenerse despiertos. Las técnicas habituales de «respira hondo y atiende en silencio» fracasan por completo porque asumen que la mente es un lago tranquilo que solo necesita no moverse, cuando en realidad es un motor que necesita una marcha adecuada para no calarse.
Por supuesto, yo no soy médico ni psicóloga, solo una maestra de primaria que comparte sus apuntes personales de estudio. Si en tu caso sientes que las lagunas de atención vienen acompañadas de un bloqueo severo o tomas medicación específica, lo más sensato siempre es consultar con un profesional de la salud mental colegiado antes de sacar conclusiones por tu cuenta.
Pequeños ajustes que empecé a aplicar en septiembre

Al arrancar este curso escolar, en las primeras semanas de septiembre, decidí cambiar radicalmente de estrategia en las reuniones de nivel. Dejé de intentar ser la oyente perfecta que no pestañea y probé algunas pautas mucho más realistas sacadas de mis notas:
- Dejar la transcripción y pasar a la estructura: Utilizo un cuaderno de papel grueso (de unos 90 g/m² para que no traspase la tinta si aprieto) y solo divido la hoja en tres columnas: acuerdos, dudas personales y fechas límite. Si una intervención no cabe en esas tres cajas, simplemente no la anoto.
- Canalizar la inquietud motriz: En lugar de castigarme por mover los dedos o cambiar de postura, dibujo esquemas sencillos o flechas entre conceptos. Esa pequeña acción motora le da al cerebro el estímulo mínimo necesario para no marcharse a rumiar problemas caseros.
- Bajar la autoexigencia de retención absoluta: Aceptar que la atención humana fluctúa en ciclos naturales de veinte o veinticinco minutos. Cuando noto que la cabeza se me va, en lugar de tensar los hombros y alarmarme, respiro, miro un punto neutro de la mesa y vuelvo a engancharme a la frase siguiente sin juzgar los dos minutos que me he perdido.
Esta manera de reducir la presión sobre una misma guarda mucha relación con las estrategias para aprender cómo superar la dificultad para tomar decisiones por ansiedad laboral, donde el exceso de análisis previo termina paralizando la acción cotidiana.
Lo que todavía no tengo del todo claro
Siendo honesta con mi cuaderno, hay cosas que todavía no sé gestionar bien. Me sigue costando horrores mantener el foco cuando la reunión carece de un moderador claro y tres personas empiezan a hablar a la vez con tonos de voz elevados. En esos momentos de ruido cruzado, la fatiga auditiva me satura en cuestión de minutos y vuelvo a sentir ganas de desconectar el interruptor interno.
Tampoco tengo resuelto cómo evitar la bajada de energía en reuniones que se convocan a última hora de un viernes, cuando el cuerpo ya no distingue entre cansancio muscular y saturación mental. Supongo que son límites normales de cualquier organismo y que pretender rendir al cien por cien a las cinco de la tarde tras una jornada completa con niños es pedirle peras al olmo.
Para quien quiera entender mejor qué le pasa a su cuerpo cuando la mente parece rebelarse en mitad de la jornada, los módulos teóricos de Domina tu Ansiedad o te dominará a ti ofrecen una base accesible y ordenada sobre cómo desarmar la hipervigilancia (el precio actualizado y los detalles del temario podéis revisarlos directamente en la página del autor). A mí me sirvió para dejar de culparme por no tener una atención de hierro y empezar a gestionar mis reuniones con un poco más de calma y bastante menos tensión en el cuello.