Cuaderno de Calma

Cómo vencer la inseguridad en el trabajo al ser observada por otros

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La tiza se me resbala entre los dedos en el mismo segundo en que oigo el pomo de la puerta girar a mi espalda. Es el inspector, que entra sin avisar y se sienta al fondo del aula con la carpeta abierta, y en dos frases mi explicación sobre las divisiones con decimales se convierte en un caso de manual de esa ansiedad docente muy concreta: la que te entra en cuanto alguien te mira trabajar y hace que toda tu seguridad dependa de lo que esa persona vaya a apuntar. Llevo ya seis cursos dando clase en un colegio público de Zaragoza y sigo sin tener del todo resuelto cómo vencer la inseguridad que me sube por el cuello en momentos así, aunque después de meses metida en esto del entrenamiento mental, por lo menos ya sé ponerle nombre a lo que me pasa.

Antes de poneros en antecedentes, os cuento lo de siempre: algunos de los enlaces de este cuaderno son de afiliada, y si alguno de vosotros acaba haciendo un curso a través de ellos, a vosotros no os cuesta más y a mí me llega una pequeña comisión. Lo primero que probé, mucho antes de ponerme a leer por mi cuenta, fue pedir cita con la orientadora del centro escolar. Me escuchó bien y me dio pautas generales, pero ninguna encajaba con lo que realmente me pasaba delante de veinticinco pares de ojos y uno más, el del adulto que no debería estar ahí a media clase.

Diario del 9 de mayo: mi bloqueo cuando noto que alguien me está observando dar clase

Apunté esta duda esa misma tarde, todavía con el calor subido por el cuello. Lo que me pasa es físico y bastante tonto si lo cuento en frío: me suben los colores, se me seca la boca y, aunque me sé la lección de memoria, noto que el acceso a lo que sé se me atasca justo cuando tengo que responder delante de otra persona. Antes de ponerme a estudiar esto por mi cuenta, yo daba por hecho que la inseguridad era cuestión de carácter, algo con lo que se nace o no. En el curso que hice sobre esto, la profesora lo explicaba de otra forma: el problema no es lo que sabes, es el ruido mental que generas intentando adivinar lo que el otro está pensando de ti. En cuanto el inspector se sentó, mi cabeza dejó de estar en los decimales y se puso a vigilar su carpeta, dando vueltas entre la lección y él sin parar; ahí entendí que no es que se me olvide la materia, es que la atención se me va por otro lado. Un aula entera puede convertirse en lo que el curso llama un disparador, y basta con que entre una sola persona de fuera para activarlo.

Esto me recordó a cuando leí sobre por qué siento que mi mente se queda en blanco al explicar temas. No es que se borre la información, es que algo parecido a lo que llaman agotamiento de la memoria de trabajo entra en juego, aunque el mecanismo en sí lo explican mejor en esa otra entrada; aquí solo apunto que a mí también me pasa. En el curso decían que, para el cerebro, que alguien te evalúe se procesa casi como una amenaza directa, y ahí entra lo que algunos manuales llaman miedo a la evaluación social: anticipar un juicio malo antes de que llegue a producirse de verdad.

Primer plano de una mano escribiendo en un cuaderno apuntes sobre el ruido mental y la ansiedad docente al sentirse observada

Lo que aprendí sobre vencer la inseguridad: la trampa de querer gustar a todos

Una tarde en la Biblioteca de Aragón, dejando el móvil en el bolso para no distraerme, até cabos con el segundo módulo de 4 Herramientas para Vencer la Inseguridad. Ahí aparecía una idea que me costó aceptar: intentar controlar lo que el otro piensa de ti para sentirte segura es, precisamente, lo que más te hunde. Es de esas paradojas que cuesta explicarle a un niño de diez años, pero que se cumplen igual.

Según esos apuntes, la seguridad de verdad no nace de estar convencida de que lo vas a hacer perfecto o de que le vas a gustar al inspector de turno. Nace de aceptar que el otro puede juzgarte mal y que, aunque lo haga, eso no te quita ni el trabajo ni el valor. Yo me pasé media clase aquel lunes intentando parecer «la maestra perfecta», y fue justo eso lo que me hizo tropezar con las palabras.

En el curso lo plantean así: cuando aceptas que el juicio ajeno es inevitable y que no depende de ti, dejas de gastar energía vigilándote a ti misma. Si estás pendiente de si te tiembla la voz, te tiembla más. Si aceptas que puede temblar y que no pasa nada si el otro lo nota, la tensión baja sola. Esto se acerca bastante a lo que en otra entrada llamo defusión cognitiva: no se trata de dejar de tener el pensamiento incómodo, sino de dejar de pelearte con él. Por supuesto, si alguien tiene un diagnóstico de ansiedad o toma medicación, todo esto tiene que ir siempre de la mano de un profesional de salud mental; yo soy maestra, no terapeuta, y esto son solo apuntes de alguien que estudia por su cuenta.

Cómo aplico esto en un aula real

Llevarlo a la práctica se resume en tres cosas que repito como un mantra particular, aunque mantra no es palabra que usaría delante de mis alumnos. Primero, poner el foco en la tarea y no en quien observa: mi trabajo es que esos veinticinco niños entiendan la división, no que el adulto del fondo piense que soy brillante. Segundo, normalizar el error en vez de esconderlo; si me equivoco delante del inspector lo corrijo con naturalidad, y ahí entra lo que el curso trataba como miedo al error por perfeccionismo, porque cuanto más dramatizo un fallo pequeño, más grande se vuelve. Y tercero, aceptar la incomodidad en lugar de esperar a que desaparezca: los nervios van a seguir ahí, y la meta no es que se vayan, sino que no decidan por mí cómo doy la clase.

Rincón de un aula de primaria desde la perspectiva de la maestra, el punto de vista desde el que se trabaja la inseguridad al dar clase observada

Diario del 30 de septiembre: poniendo a prueba el entrenamiento mental en una reunión de tutoría

Las reuniones de tutoría con familias me ponen tan nerviosa como una inspección, con el añadido de que las veo venir con días de antelación; esos días previos son pura ansiedad anticipatoria, el cuerpo adelantándose a algo que todavía no ha pasado. Me acordé de lo que había estudiado sobre cómo superar el miedo al juicio ajeno en el entorno laboral y decidí cambiar el enfoque antes de entrar.

En vez de ensayar cada frase para que sonara perfecta, me centré en lo que esa familia necesitaba saber de su hijo. Cuando noté que me subían los colores al responder una pregunta incómoda, no entré en pánico: pensé, vale, Irene, estás nerviosa porque quieres hacerlo bien, acepta el calor y sigue hablando. Llevaba ya seis semanas apuntando esto en el cuaderno cuando pasó, y la diferencia se notó: salí por la puerta del aula sin el nudo apretado en el pecho que me acompañaba siempre después de esas citas. No es que los nervios se fueran del todo, pero dejaron de ser un muro.

A veces me pregunto si esta inseguridad también me resta capacidad de retener información justo cuando más la necesito, así que también he estado leyendo sobre técnicas para potenciar la memoria para el éxito profesional en educación, porque al final todo está conectado: si estás más tranquila recuerdas mejor, y si recuerdas mejor te pones menos nerviosa.

Lo que todavía no tengo claro

Hay cosas que se me siguen escapando, aunque haya mejorado bastante desde aquel lunes de la inspección. Me cuesta mucho más aplicar todo esto cuando quien me observa no es alguien neutral como un inspector, sino un compañero con el que no me llevo especialmente bien: ahí el juicio duele más, y encima le doy vueltas al mismo intercambio durante días, algo que en otra entrada ya nombré como bucle de rumiación y que aquí solo dejo apuntado, sin desarrollarlo más.

Tampoco sé hasta qué punto el cansancio acumulado de un trimestre entero hace que estas ideas funcionen peor. Hacia el final del segundo trimestre, cuando las fuerzas flaquean, vuelvo a caer en la vieja costumbre de vigilarme a mí misma de más, y sospecho que ahí se mezcla algo de lo que llaman agotamiento por activación sostenida, aunque ese tema lo tengo pendiente de estudiar con calma. Supongo que esto es un entrenamiento continuo, no una meta donde un día dejas de sentir inseguridad para siempre.

Si os reconocéis en ese bloqueo de sentiros observadas mientras trabajáis, os recomiendo echarle un vistazo a los apuntes de donde saqué buena parte de estas ideas: podéis ver el material en 4 Herramientas para Vencer la Inseguridad. A mí también me ayudó mucho para la parte de la concentración el curso de Memoria Extraordinaria, que aunque parezca que no tiene nada que ver, ayuda bastante a bajar el ruido mental de fondo. Como les repito a mis alumnos de primaria: no se trata de dejar de tener miedo, sino de aprender a caminar con él sin que decida la lección por ti.

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