
Tengo la tiza a medio camino entre la mano y la pizarra y no me sale ninguna palabra, aunque me sé el tema de memoria. Llevo tres horas de clase sin conseguir tirar del hilo de nada de lo que había preparado, y a la cuarta ya ni me molesto en intentarlo tal cual: improviso y ya está. A esto le llamo yo un bloqueo de verdad, y con el tiempo he ido viendo que no todos piden la misma agilidad mental para salir de ellos. Hay bloqueos que piden vaciar la cabeza y otros que piden mover el cuerpo, y confundir uno con el otro es, según lo que voy sacando de mis cursos sobre gestión del estrés, la razón por la que tantas técnicas que probamos no terminan de funcionar.
Bloqueo por saturación o bloqueo por alarma
Antes de estudiarlo por mi cuenta pensaba que todo bloqueo cognitivo era la misma cosa: la cabeza que se cierra en banda y punto. Según el curso de memoria extraordinaria que hice, hay en realidad dos mecanismos distintos detrás de ese parón, aunque por fuera se sientan igual de mal. Uno tiene que ver con la sobrecarga: metes más cosas en la cabeza de las que la memoria de trabajo puede sostener a la vez, y en algún punto algo se cae. El otro tiene que ver con la alarma: el sistema de estrés se dispara tan fuerte que, según explicaba la profesora, algo se cierra en el hipocampo y cuesta acceder a lo que ya sabes, aunque la información siga ahí dentro.
La diferencia me parece importante porque cada bloqueo pide una salida distinta, y confundirlas es tirar el tiempo justo en el peor momento. Si el problema es de saturación, lo que ayuda es ordenar y soltar carga; si el problema es de alarma, lo que ayuda es mover el cuerpo, no aquietarlo. El resto de esta entrada es, más o menos, comparar esas dos salidas y contar cuándo he visto que funciona cada una.

La sobrecarga de memoria y el truco de los pasillos del colegio
Cuando el bloqueo viene de saturación suele ser porque intento sostener demasiadas cosas sueltas a la vez: la lista para el claustro, lo que le tengo que decir a una familia y el folio que me falta por fotocopiar, todo bailando junto en la cabeza. La memoria de trabajo tiene un límite bastante corto, y el estrés hace que ese límite se note antes de lo normal, algo que desarrollo mejor cuando hablo de cómo mejorar la concentración para corregir exámenes, que es donde más lo noto yo. Esa misma saturación es la que arrastro luego a última hora, cuando ya se me nota el cansancio y aparecen los problemas de memoria por cansancio mental de los que hablo en otra entrada. Aquí no sirve de mucho relajarse: sirve vaciar.
La técnica que mejor me ha funcionado contra este bloqueo es el Método de Loci, que tiene unos 2500 años de antigüedad y se apoya en que la memoria espacial aguanta el estrés mejor que la memoria de datos sueltos. En el curso lo explicaban por la diferencia entre los circuitos que usamos para orientarnos y los que usamos para retener nombres o cifras: al parecer los primeros son más resistentes, y por eso cuesta más que se bloqueen del todo. Yo uso los pasillos del colegio como anclas: el acta de la última reunión la dejo, mentalmente, en la puerta de secretaría; el material pendiente, en la fuente del patio; la excursión de quinto, en la estatua de la entrada. Cuando noto que se me viene la saturación encima, cierro los ojos un segundo y recorro ese pasillo imaginario, y me cuesta bastante menos que tirar de la lista a la fuerza.
A mi amigo Alberto, que da Historia en un instituto y que de estas cosas siempre desconfió (nos conocemos de la Facultad de Magisterio, en Zaragoza, y durante años se rio bastante de mis cuadernos), esto es lo único que le ha convencido del todo. Me escribió preguntando si valía también para sus alumnos de bachillerato, porque le preocupa que no consigan concentrarse; y como es de los que en cuanto algo le pica se pone a estudiarlo por su cuenta, llegó con preguntas bastante más técnicas de las que yo sabría responder. Le dije lo mismo que cuento aquí: que ancle la información a un espacio conocido en vez de repetirla sin más, y que no espere magia con la primera lista.
Antes de dar con esto probé de todo, incluido dejar el café después de mediodía por si el problema era estar demasiado acelerada; no cambió gran cosa, porque el bloqueo no venía de estar nerviosa sino de tener la cabeza llena hasta arriba, que es un problema distinto aunque se sienta parecido. Lo apunté en el cuaderno de todos modos, con el boli enganchándose un segundo en el papel justo donde había una tachadura de antes, porque hasta los intentos que no funcionan merecen su línea.

Forzar la calma no siempre calma
El otro bloqueo, el de alarma, es distinto y pide justo lo contrario. Aquí el cuerpo está en modo de lucha o huida, y decirle que respire hondo y se calme es, muchas veces, como pedirle que apague un incendio con una regadera: no cuadra con lo que está pasando por dentro y solo añade frustración encima del bloqueo. En el módulo donde tratan esto explicaban que conviene ir a la activación antes que a la calma: una tarea física breve y de bastante intensidad, no la respiración pausada que solemos recomendar por costumbre.
En la práctica, si noto que se me viene el bloqueo antes de una reunión de claustro, no me siento a respirar (que encima me hace pensar más en el bloqueo): me voy al baño y hago diez sentadillas rápidas, o subo un tramo de escaleras a paso ligero. Ese subidón breve gasta parte de la adrenalina que sobra y, de alguna manera que el curso no terminaba de explicar del todo, le manda al cuerpo el aviso de que ya se ha corrido, de que ya está a salvo. No tengo claro el mecanismo exacto —esto lo dejo para quien sepa más de fisiología que yo— pero en la práctica me ha funcionado mejor que repetirme que me calme.
Demetrio, un lector de Madrid que sigue el cuaderno desde hace tiempo, me escribió hace poco contando algo parecido: estaba convencido de que su problema de atención durante un máster online era cosa del entorno o de la herramienta que usaba para tomar apuntes, hasta que probó a moverse en vez de intentar relajarse antes de un examen y notó la diferencia. Le gusta compartir estas cosas en sus grupos de Telegram sobre productividad, y le contesté que precisamente por eso conviene distinguir bien los dos bloqueos: lo que a él le funcionó no habría servido de nada contra un bloqueo de saturación, y al revés.
A veces el bloqueo de alarma viene con síntomas físicos raros —manos frías, mareo, el pulso acelerado antes incluso de que la cabeza se entere de lo que pasa—, y cuando es así me ayuda releer lo que tengo apuntado sobre cómo gestionar los mareos por ansiedad, porque al final todo esto viene del mismo sitio aunque se note en partes distintas del cuerpo.
Agilidad mental: elige la herramienta según el tipo de bloqueo
Con esto ya tengo bastante más claro cuándo tirar de cada cosa. Si el bloqueo llega porque tengo la cabeza llena de tareas sueltas antes de una reunión de claustro o de preparar una unidad nueva, tiro del palacio mental y de ordenar la carga, porque ahí lo que sobra es información, no adrenalina. Si el bloqueo llega de golpe, con el corazón acelerado y la mente en cortocircuito delante de la clase, tiro del cuerpo: me muevo, no me siento a respirar. Mezclar las dos cosas —relajarme cuando lo que necesito es descargar información, o intentar ordenar una lista cuando lo que tengo es una subida de adrenalina— es, creo, la razón por la que tantas técnicas que leemos por ahí no terminan de funcionar del todo bien.
Lo que todavía no tengo claro
Este bloqueo de agilidad mental casi nunca viene solo, según voy viendo: se cruza con el ruido de fondo que no te deja pensar con nitidez, con la ansiedad y la atención tirando cada una para su lado, con el cansancio mental que se va acumulando sin que te enteres hasta un día que no te queda ni una gota, con una noche mal dormida que deja la memoria más floja al día siguiente, con esa vocecita que repite lo mismo una y otra vez sin que la puedas apagar sin más, o con el aviso que salta nada más pisar la clase si el detonante es ese. Aprender a mirar el pensamiento de bloqueo como un pensamiento más, sin creérmelo del todo, me ha ayudado más que intentar borrarlo a la fuerza.
Tampoco ayuda que el runrún a veces empiece ya el día antes, o que delante de veinticinco pares de ojos el miedo a quedar mal pese más que las ganas de acertar, o que si la clase de por sí ya está ruidosa, cualquier estímulo de más baste para que el sistema colapse del todo. No entro en cada uno de estos temas aquí porque les tengo su propio hueco en otras entradas del cuaderno, pero cierro los ojos a ellos y esto deja de tener sentido: el bloqueo raramente es solo bloqueo.
Lo que sigo sin tener claro es por qué a algunas personas un bloqueo las deja mudas y a otras, con el mismo subidón de estrés, les da por hablar sin parar; supongo que cada cabeza reacciona a su manera y que la lista de técnicas nunca va a ser una talla única para todos. Y como esto lo cuento desde mi experiencia de maestra que estudia su propia cabeza y no desde una consulta, si notáis que estos bloqueos son muy seguidos, o si tomáis medicación o tenéis un diagnóstico, lo sensato es comentarlo con un profesional antes de aplicaros nada de lo que escribo aquí.
De momento, cuando se me corta el hilo delante de la pizarra, ya sé qué pregunta hacerme primero: ¿me sobra información o me sobra alarma? Con esa sola pregunta, la mitad del bloqueo ya se ha aflojado antes de que haga nada más.