Cuaderno de Calma

Cómo mejorar la memoria de trabajo para no olvidar nombres en clase

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Cuando el nombre de un alumno al que conoce de sobra se niega a salir justo delante de toda la clase, pasan muchas cosas por la cabeza de una maestra. Me lo he preguntado bastante antes de ponerme a estudiar esto con calma, y cada vez que ocurre siento ese calor repentino subiéndome por el cuello hasta las orejas.

La respuesta que más me ayudó, y que atribuyo al curso que hice sobre esto, es que no se trata de una fuga de memoria sino de una memoria de trabajo desbordada por la ansiedad docente del momento: la misma concentración mental que necesitas para dar una respuesta correcta es la que se queda bloqueada. Según el curso, cuando el cuerpo entra en modo alerta -ese nudo típico justo antes de hablar delante de todos- la cabeza prioriza vigilar la situación por encima de rebuscar datos concretos, y el chute de cortisol que sube en ese segundo no ayuda precisamente a que algo tan concreto como un nombre aparezca cuando lo necesitas.

Rotulador de pizarra blanca en la mano, símbolo de la concentración mental que se bloquea con la ansiedad docente

Lo que no sabía al principio es que incluso dejar el café después del mediodía, pensando que dormir mejor me arreglaría la cabeza en clase, no cambió gran cosa: seguía bloqueándome igual delante de la pizarra.

Algo curioso pasó por otro lado: hace poco corregí veintidós exámenes seguidos sin tocar el móvil ni una vez, algo que antes de ponerme a estudiar esto me habría parecido imposible, y fue ahí cuando até cabos sobre lo que de verdad estaba entrenando mi concentración -no era el nombre en sí, era la cabeza entera.

Memoria de trabajo desbordada, no memoria rota

El curso lo plantea como un espacio con sitio limitado: no es que falte capacidad, es que ese espacio se llena de otras cosas antes de llegar al dato que buscas, y cuanta más gente te mira, menos sitio libre queda.

Se lo comenté hace poco a Alberto Sanz, un amigo de la época de la facultad que ahora da clase de historia en un instituto, mientras hacíamos la compra un sábado por el Mercado Central de Zaragoza. Él siempre ha sido bastante escéptico con todo lo que suene a psicología de manual, pero últimamente pregunta mucho por la concentración porque dice que a sus alumnos de bachillerato les cuesta mantenerla, y eso le preocupa de verdad. Soltó una referencia a un estudio sobre atención que, para alguien que jura no leer nada de esto, no estaba nada mal -sospecho que lee mucho más de lo que confiesa.

Lo que le expliqué es algo parecido a lo que el curso llama ese enganche entre ansiedad y atención: cuanto más te preocupa no concentrarte, menos sitio le queda a la cabeza para concentrarte en lo que tienes delante. Si notáis que esto os pasa en general, no solo con nombres, tengo más apuntes sobre por qué siento que mi mente va a mil por hora constantemente, que es algo que a mí me pasaba muchísimo antes de ponerme a estudiar esto.

¿Por qué ignorar el nombre al principio funciona mejor que repetirlo?

Antes probaba lo de repetirme el nombre por dentro, eso de "ese es Jorge, ese es Jorge", convencida de que así se quedaría grabado, y lo único que conseguía era saturar todavía más esa memoria de trabajo que ya iba llena.

Pila de cuadernos escolares relacionada con la memoria de trabajo en el aula de primaria

El curso propone justo lo contrario: dejar de forzar el nombre y centrarte en lo que estás explicando, porque la presión por acertar es precisamente lo que mete más ruido de fondo en la cabeza. En cuanto bajas esa presión, el nombre suele aparecer solo, unos segundos después, sin que lo persigas.

Tiene algo que ver con lo que el curso llama defusión, que no es otra cosa que aprender a mirar el pensamiento "no me acuerdo" como un dato que pasa y no como una amenaza. En cuanto dejas de pelearte con él, casi siempre se suelta solo.

¿Qué le digo a la clase si el nombre no sale?

Lo que a mí me funciona es decirlo con naturalidad: "perdona, se me ha ido un segundo", y seguir con la clase. Nombrarlo en voz alta quita buena parte de la carga, porque dejas de fingir que todo va bien.

Al principio me daba vergüenza, porque llevo dentro ese miedo a quedar mal delante de veinticinco personas que te están mirando esperando una respuesta -el curso lo relaciona con ese miedo a la evaluación social que pesa bastante cuando te dedicas a esto. También tiene que ver con la costumbre de tratar cualquier fallo pequeño como si fuera la prueba de que no vales para el trabajo, algo que fui pillando por el camino sin darme cuenta.

Agrupar en vez de memorizar uno a uno

En vez de ver veinticinco nombres sueltos, el curso me enseñó a agruparlos por el grupo de trabajo en el que están sentados, así la cabeza no gasta energía rebuscando datos aislados uno por uno. Si notáis que esto os hace perder el hilo a media explicación, lo cuento con más detalle en cómo evitar perder el hilo al hablar por falta de concentración.

Esto ayuda sobre todo en esos momentos muy concretos que disparan la ansiedad dentro del aula -una pregunta inesperada, un silencio que se alarga- y también cuando el ruido de fondo (veinticinco sillas moviéndose, el pasillo, alguien que tose) hace que todo cueste el doble.

¿Cómo sé si esto de verdad está mejorando o me lo estoy imaginando?

Esta es la pregunta que más me hace Demetrio Abad, un lector habitual del blog desde Madrid que trabaja en ingeniería de software y que al principio estaba convencido de que su problema era de entorno o de herramienta, no de cabeza. Siempre pregunta algo muy suyo: cómo medir si algo mejora de verdad o si es solo que un día te sale mejor por pura suerte.

Página de apuntes manuscritos sobre concentración mental y memoria de trabajo para la ansiedad docente

No tengo una fórmula para eso, pero sí anoto varios factores que pueden maquillar el resultado de un día a otro. Dormir mal afecta a cómo se fija lo aprendido, así que comparar un lunes después de una mala noche con un viernes descansado no es justo. El cansancio mental acumulado de toda la jornada pesa igual, y lo mismo pasa con ese runrún de ansiedad anticipada que aparece en cuanto sabes que viene una clase complicada. Hay días en que el cuerpo avisa antes que la cabeza -el estómago raro, la tensión en los hombros- y eso también cambia cuánto cuesta recuperar un nombre bajo presión. Y luego está la costumbre de dar vueltas a lo que salió mal, que el curso trata como un asunto bastante distinto del bloqueo en sí.

Lo más parecido a una respuesta que le doy es que el bloqueo bajo estrés tiene su propio patrón: hay un punto en el que, cuanto más presionas por recordar, menos sale, y solo cuando bajas la presión vuelve solo. Eso no tiene mucho que ver con un ataque de pánico en toda regla, que sigue un recorrido bastante distinto aunque alguna señal se parezca. Lo que sí noto es que cuando trabajo la respiración antes de entrar al aula -algo que toco por encima porque no es el tema de este cuaderno- el margen para que el nombre vuelva solo parece un poco más amplio.

Lo que todavía no tengo claro

Hay algo que el curso toca por encima y que no acabo de pillar: por qué hay días en que la cabeza va rápida y otros en que cuesta muchísimo más, incluso durmiendo cosas parecidas. Imagino que hay factores de alimentación o de ciclo hormonal que todavía no he empezado a mirar, así que lo dejo tal cual: hasta ahí no he llegado en mis apuntes.

Antes de cerrar el cuaderno de hoy, lo de siempre: si estos bloqueos os complican la vida más allá del aula, o si tomáis medicación o tenéis un diagnóstico, nada de esto sustituye a un profesional de la salud mental -consultadlo con quien corresponda.

La mayoría de estos apuntes sobre cómo gestionar la carga mental salen de Memoria Extraordinaria, que sigue siendo el curso del que más páginas tengo garabateadas porque conecta bien la concentración con el manejo del ruido mental. Para los días en que el cansancio pesa más que la cabeza, también saqué alguna idea de Reset Mental. El precio hay que mirarlo en sus páginas porque cambia según la temporada -yo solo comparto lo que a mí me sirvió.

Al final, lo que de verdad cambia las cosas no es acertar el nombre a la primera, sino no perder la calma cuando la cabeza decide tomarse un respiro delante de todos.

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